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Martinica: la isla de las mil caras

De la playa de salinas al monte Pelée, una estancia en Martinica le permitirá disfrutar de una gran diversidad de paisajes. En un decorado de ensueño formado por arena blanca y una naturaleza exuberante, déjese sorprender por las numerosas riquezas de este territorio francés en el Caribe.

Antillas es sinónimo de playas paradisíacas. Si quiere visitar un paisaje de postal en Martinica, ponga rumbo al sur, hacia la playa de las Salinas. Con sus cocoteros, sus aguas color turquesa y su arena fina, es una verdadera invitación al relax. En dirección norte por la fachada caribeña, le espera otra etapa importante de su viaje por Martinica: la roca del Diamante, una maravilla geológica emergida del mar como por arte de magia. Para los aficionados a la ornitología, este montículo es también un refugio para las aves. Las aguas que lo bañan le invitan a practicar el submarinismo en Martinica por la abundante y exótica vida de sus fondos marinos. Siga subiendo hacia Fort-de-France para apreciar la Bahía de Saint-François, que baña el puerto de la capital con sus aguas cristalinas.

Para admirar toda la belleza que le rodea, ¡tome un poco de altura! Su estancia en Martinica puede incluir una ruta de senderismo por el monte Pelée.  Con 1397 metros de altitud, es el punto más alto de esta isla volcánica. Se accede a él a través de numerosos caminos abiertos a los senderistas: si hace buen tiempo, su cumbre ofrece vistas panorámicas que cortan la respiración, del Caribe al océano Atlántico.

Los apasionados del arte y la historia no pueden perderse una visita a Saint-Pierre. La antigua capital de Martinica hasta la erupción del monte Pelée en 1902 es hoy un museo al aire libre, entre calles adoquinadas, edificios conservados y la destilería de ron Depaz. Por último, la capital —Fort-de-France— es una ciudad animada y alegre.